MI HIJO, EL ESTADIO Y YO.

MI HIJO, EL ESTADIO Y YO.

Por Juan Pablo R. Franco

 

La mayoría de los devotos de ese templo sagrado que convoca a millones alrededor del mundo cada semana que conocemos como estadio y donde héroes y villanos -los héroes claro son los nuestros, los villanos los rivales- se baten en esas batallas que se conocen como partidos de fútbol fueron convertidos en feligreses gracias a un bautismo y posterior peregrinación constante por parte de sus padres o hermanos. Ese no es mi caso. Verán, criado por una madre sola-bella y sacrificada pero ciertamente no futbolera- y sin hermanos mayores mis posibilidades de recalar dentro de la misa futbolera dominguera ciertamente no eran muy altas. Pero las cosas en esta vida a veces llegan desde los caminos menos esperados.

Jorge. Ese es el nombre de mi tío. Aunque para el caso más cabría el denominativo de Padrino, futbolístico obvio. Y es que mi tío Jorge es de esos futboleros que encontraban en esas tribunas, ese gentío y sus ritos su lugar. Y luego de varios intentos, debo a esta edad agradecerle el haber persistido luego de las primeras respuestas negativas, logró convencerme de ir. Lo curioso del caso es que él no es hincha del club propietario de mis amores. De hecho es del clásico rival. Y aunque en más de una ocasión bromeaba con cambiarme de equipo sé que en realidad para él el gusto y la felicidad era estar allí en esas tribunas con sus sobrinos-todos de hecho hinchas del otro equipo!- Gracias es en este caso una palabra que no llega ni remotamente a lograr expresar lo que siento con mi tío.



Pero esta historia no es acerca mío. Es acerca de mi hijo. Bueno, de él , nuestro estadio y nuestras tardes y noches futboleras.
Mi hijo conoció el estadio muy chiquito. Bebé para ser más directo. Y sí, no lo hizo por voluntad propia sino por locura paternal. Aunque en mi descargo debo contarles que aún de bebé, y entre mamaderas, leche y biberones, estoy seguro , seguro que el movimiento propio del lugar le llamaba la atención y le daba unos minutos de entretenimiento.

Pasaron los años y mi hijo creció. Empezó a hablar. A comprender. A sentir la vida ya no con ojos de infante sino con esa percepción maravillosa y pura que te otorga la niñez. Aquí empieza lo bueno…y empezó a querer ir al estadio, cómo y con papá.

Dicen que los hijos imitan a los padres, pero imitar es una palabra corta y limitante. Un niño es más sabio de lo que muchos quieren admitir. Y mi hijo como muchos niños fue encontrando motivadores para encontrarle el atractivo a ese circo romano futbolero.

Para ser sincero me parece que el fútbol como tal es el menor de sus motivos para querer ir. Y no es que no se divierta pateando cuero, pero más de 30 segundos no recuerdo haberlo visto observando de manera continua algún pasaje de partido alguno al que fuéramos. Lo de él pasa ,como asumo que para la mayoría de los críos de su edad,por la experiencia. El estadio para los niños es un espacio donde a diferencia del hogar o la escuela tienen una sensación de igualdad con sus progenitores.Al fin y al cabo si lo miramos fríamente ambos cumplen la misma función:hinchar o alentar.

Además que seamos honestos:cuando estamos solos padres con hijos el vínculo es más cercano al compañerismo que a esa escala jerárquica Padre-Hijo que usualmente nos envuelve en casa. El estadio nos iguala en varios aspectos durante un par de horas. Nos hace más amigos y cómplices que padres o hijos. Hasta en la manera cómo nos expresamos o hablamos somos diferentes esas dos horas,y los niños lo sienten. Y ciertamente les encanta. Y a nosotros los papás aún más!

Otro gran motivador téngalo por seguro que es la comida. Quien vaya al estadio y no coma lo que sirven allí no entiendo a qué va. Niños y comida? De la mano siempre. Mi hijo tiene un menú ya definido. Comienza levantándose y buscando a la señora que vende pipocas de pollo y papas fritas. Una vez localizada y consumido el alimento procede a la búsqueda del pastillero que siempre le provee galletas de chocolate (en esto hay un 100% de responsabilidad de José, un amigo mío que lo inició y lo incentiva en ese vicio). Llegado el entretiempo usualmente compartimos la comida típica de las tribunas: asaditos, rapis o un chori. Y aún a veces le queda espacio para una hamburguesa que compartimos en el segundo tiempo. Qué niño no va a disfrutar ir al estadio así?! Fútbol, da igual!



Sin embargo creo saber qué es lo que más motiva a mi hijo a ir al estadio. Porque yo también lo siento. La alegría y emoción de compartir. Desde el momento que te alistás con tu polera de tu equipo y él hace lo mismo, se pone la suya. Comparten los colores. Al recibir al equipo aplaudiendo ,cantando y saltando a la par de la hinchada, estamos compartiendo el amor a esos colores. Al gritar un gol, estamos compartiendo la emoción máxima de este deporte. Al celebrar un triunfo,compartimos la felicidad de la victoria. Y al volver a casa juntos, arropados bajo nuestros colores y comentando lo vivido compartimos lo más importante de todo : nuestro tiempo juntos.

Este deporte maravilloso no ha llegado a ser una experiencia trascendental debido a su belleza estética, sino a su componente pasional, emocional y familiar. Agarrados de la mano padres e hijos entrando al estadio. Hijos que lloran de emoción al recordar a quienes ya no están físicamente al salir campeones. El fútbol hace y logra eso y mucho más. Y aún a tan corta edad como la de mi hijo creo sentir que él va dándose cuenta que esto de ir al estadio, es algo más. Algo inexplicable.

Algo muy nuestro, muy de nosotros. De los tres. Mi hijo, el estadio y yo.

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